Dr. Francisco Brenes S, reumatólogo.

Me han preguntado qué es lo que más me gusta de mi carrera. Con toda certeza puedo decir que siento más placer al tener ese trato directo con mis pacientes: poder explicarle lo que voy a hacer (porque ellos tienen todo el derecho a estar informados), pedirle que confíe en mi y que juntos vamos a hacer lo mejor que podamos por su salud. Siento mucha satisfacción cuando puedo recibir un abrazo cálido de ese paciente, o darle un beso en la frente y asegurarle que vamos a estar juntos en este camino que implica el diagnóstico y tratamiento de una enfermedad reumática.

Con una paciente.

Yo creo que actualmente hay muchísimos médicos cuyo trabajo es muy valioso. Sin embargo también creo que a veces estamos expuestos a la vanidad del título; hacemos diagnósticos y no sabemos bien el nombre de esa persona que estamos diagnosticando. O no buscamos alternativas mejores simplemente por no querer aceptar que a veces otros colegas tienen mejores herramientas en determinado caso. Pura vanidad que no ayuda al paciente.

Un día de estos llegó a mi consultorio una paciente con un dolor importante en las articulaciones. Había sido diagnosticada y tratada de manera equivocada. Somos humanos y podemos errar, pero lo grave es no tener la humildad de aceptar hasta dónde llegan mis capacidades, y buscar las mejores alternativas para el paciente, aunque esto implique referirlo a otro especialista.
La medicina es ayudar y no podemos olvidar eso. Ayudar al paciente, no a nosotros mismos. Porque el paciente no es un trofeo ni un medio para escalar en mi profesión: el paciente es y debe ser nuestra razón de ser profesionales de un campo tan noble como lo es la medicina. Cuando olvidamos al ser humano, olvidamos lo que somos: somos médicos, personas de servicio.